Nueva York - Coney Island, una reliquia desconocida

No todo ha de ser malas noticias. El tiempo sigue feo, una circunstancia habitual en Nueva York cuando las depresiones atlánticas se conjuran, pero me informan que hoy abre la temporada Coney Island, con sus parques, su paseo marítimo, sus monstruos de feria, sus visitantes cantando y bailando alegremente cerca del mar y sus restaurantes de comida saturada de grasas y de aceites requemados que anuncian a los cuatro vientos los mejores perros calientes de la ciudad. Y ahí me dirijo a pesar de que en el hotel la recepcionista me alerta de un probable riesgo de chubascos, pero no puedo obviar esta oportunidad para volver a una isla, ahora península, cuyos orígenes se remontan a la Guerra Civil Americana y que, en buena lid, debería visitarse sin tomar fotos porque lo que de verdad vale la pena es observar a la gente.

En el siglo XIX se llegaba a Coney Island con un vapor regular desde Manhattan y pronto se convirtió en un centro de peregrinaje popular para los neoyorkinos que acudían a ver las vistas sobre el océano y la playa desde las ventanas ubicadas en los ojos del Elephant Hotel, un edificio de 22 metros de altura construido con forma de paquidermo por James V. Lafferty y que al parecer también ejercía de burdel. Muchos hombres los fines de semana se aficionaron a la pesca de Coney Island.

Balnearios, hipódromos, bares, casinos y garitos de baja estofa en donde trabajó el propio Al Capone están asociados a este lugar que poco a poco y aprovechando las construcciones y los establecimientos que recreaban las exposiciones universales de la época amplió sus instalaciones con montañas rusas, casetas de tiro al blanco, carpas circenses y otras atracciones de las que hoy todavía quedan vestigios. Aquí Charles Feltman inventó el perrito caliente y se convirtió en una tradición degustarlos junto al mar, de la misma manera que en España saboreamos una paella.

Es mediodía y la luz es horrible, de manera que centro mis esfuerzos en fotografiar interiores y atracciones procurando evitar los cielos cubiertos en el encuadre; un recurso muy efectivo en estas circunstancias. Los juegos en The Arcade, que combinan los marcianitos come-cocos de toda la vida con zombis, y los esqueletos, las casas encantadas y la omnipresente noria me sirven para reunir las primeras piezas para describir el gigantesco rompecabezas que es Coney Island.

En la medida que el día se agota y la luz mejora un poquitín -no mucho, incluso al final llueve unos minutos- aprovecho el conocimiento adquirido tras deambular varias horas para centrarme en las actividades externas. Pescadores, paseantes, enamorados y, a falta de portorriqueños bailando, me acerco a otro punto muy popular: el karaoke donde casi siempre pulula algún personaje pintoresco.

Seis horas más tarde y con las piernas que apenas me sostienen (hoy me he levantado a las cuatro de la mañana para volar desde Miami) dieciséis horas después tengo la luz que necesito para captar las atracciones frente a un cielo azul crepuscular y a la gente bailando entre murales y chiringuitos de fast food. América en estado puro. Ahora busco las montañas rusas que aparecen en las primeras secuencias de “Annie Hall” o en “Wonder Wheel”, dos películas de Woody Allen que, como recoge el portal dedicado al cine Pagesix, declaró que ahora Coney Island  “es un lugar seguro”.

Habría mucho más que añadir sobre las historias que se amagan en este territorio prácticamente desconocido por los turistas cercano al interesante barrio ruso, pero quizás lo más relevante sea que parte de la flora y la fauna más peculiar de Nueva York acude en tropel a Coney Island los domingos. Es el mejor argumento para visitarla, huir de las masas de turistas clónicos que pululan en el corazón de Manhattan y una oportunidad para poner a prueba la rapidez de la Olympus.