Miami – Explorando el Museo de la Ciencia

Un incidente al final de un túnel de trece kilómetros es una ratonera para los vehículos que acabamos de entrar y tardo dos horas en alcanzar el aeropuerto. Los vendedores ambulantes cargados con bolsas de comida y una nevera con bebida fresca se juegan la vida en la autopista y sortean con hábiles fintas a conductores ansiosos que aceleran y cambian de carril a velocidades de vértigo. Corretean por el túnel aprovechando la inmovilidad y sus ventas se multiplican, son los únicos que están contentos con el desbarajuste.

En Estados Unidos, como en Australia, una máquina se encarga de chequear mi pasaporte, me fotografía, toma mis huellas dactilares y expende un recibo que entrego a un policía de aduanas antes del interrogatorio de rigor. El caso es que en menos de diez minutos ya estoy esperando el equipaje.

Llego a Miami y me apresto a experimentar con la E-M1 Mark II en el recién inaugurado Phillip & Patricia Frost Museo de la Ciencia. Estas instalaciones suelen tener iluminaciones interesantes y son un excelente banco de pruebas para poner al límite las prestaciones de la cámara. Allí andan mis amigos los tiburones con los que no pude coincidir personalmente en Sudáfrica y otros seres marinos bien simpáticos, como la manta raya, un pez aerodinámico emparentado con el tiburón al que los empleados invitan a acariciar como si fuera una mascota. Los dos son fósiles vivientes y se les atribuye una antigüedad de 400 millones de años.

Mi instinto reacciona cuando entro en una sala de experimentación donde se muestra cómo ven el mar los tiburones, una instalación interesante y un caramelo para un fotógrafo.

Siguiendo con el recorrido más tarde se llega a la sala dedicada a las profundidades donde me llama la atención un grupo de medusas bañadas en un caldo ultravioleta. Ningún problema fotografiando a 1/80 seg. Normalmente programo mi cámara en la opción de sensibilidad automática, aunque la limito a 1.600 ISO. Casi siempre el programa propone una relación sensibilidad-velocidad de disparo idónea, como la de estas medusas a 400 ISO.

Pero volviendo a la mirada fotográfica, no soy un fotógrafo de naturaleza. Lo que me gusta reflejar en mis imágenes son las emociones. Al principio busco las expresiones de las personas que asisten al espectáculo, pero al cabo de media hora, cuando regreso de nuevo a la sala, coincido con una pareja que permanece abrazada en la paz y en la oscuridad del acuario, un rincón atractivo para sentir el amor de otra persona y, claro, sin querer, aprieto el disparador y queda constancia para siempre de ese bello instante.

Tras dedicar unos tres cuartos de hora a experimentar con el azul de las profundidades decido aprovechar las otras salas del museo para buscar diferentes interacciones cromáticas con escasa iluminación, en busca del límite de las posibilidades del ojo. En la sala dedicada a la luna y a la movilidad doy con diferentes opciones que resuelvo con el 17 mm a f/1.8. Esta es una de las razones por las que prefiero las ópticas fijas. Los zoom, además de ser más voluminosos, poseen aperturas máximas más pequeñas.

Pero dónde realmente me pongo las botas es captando la interacción entre la música y el color en una pista donde se contabiliza el número de pisotones. El record está en 30.000 y mi reto es componer a una velocidad de locura, bajo unas condiciones que varían en fracciones de segundo.

Me viene a la mente una anécdota del gran Eugene Smith. En una ocasión impartió en una escuela de fotografía una charla y solo habló de música. Cuando se despedía de los asistentes un muchacho se levantó para preguntarle:

-“Pero Sr. Smith, ¿no piensa decir nada sobre fotografía?

El fotógrafo de LIFE le miró, titubeó un instante y contestó:

-“Sí, lo que he explicado sobre la música, aplíquelo a la fotografía”.