Madrid – España - Paseo por Atocha

Tras la amabilidad de las compañías aéreas asiáticas y sus facilidades para gestionar el embarque en pocos minutos, American Airlines me devuelve a la realidad cuando intento organizar mis próximos vuelos por internet. A pesar que se ha pagado una cantidad respetable por los billetes de la Vuelta al Mundo, en las últimas tres etapas el sistema informático de la compañía propone los asientos más incómodos y me indica que si deseo pasillo o ventana he de pagar un extra entre 60 y 110 dólares por trayecto. Añoro las amables azafatas y los asistentes de carne y hueso de los vuelos asiáticos que cuando detectaban asientos más adecuados, una vez cerrado el embarque, te invitaban con una sonrisa a cambiar de ubicación. Dos estilos diferentes de entender la vida, Oriente y Occidente. Un tema para reflexionar tras las vivencias apelotonadas de esta vuelta al mundo. Por suerte, a la hora de la verdad, en el regreso a España el avión vuela medio vacío y disfruto de un trayecto confortable.

En American Airlines sirven para desayunar una madalena, una bolsa de fruta deshidratada y un yogurt. Entre los tres suman 50 g. de azúcar, el doble de la cantidad recomendada por la OMS para todo el día. Han sido generosos. Me contó un amigo que voló con ellos desde Nueva York a Hawai que en todo el trayecto le ofrecieron de franco una botella de agua y una galleta. Cuando se quejó a los asistentes le respondieron que se trataba de un vuelo local, no de un internacional, a pesar que duraba catorce horas. En mi regreso compruebo que la sociedad en la que vivo, la que se denomina a sí misma avanzada, está pasada de rosca por tanta avidez para ganar dinero.

Por fin transcurridos casi dos meses de viaje aterrizo en Madrid, una ciudad en cuyo ayuntamiento reza un letrero “Refugees Welcome”. Se nota la mano de Carmena. Busco un hotel en Atocha y por segunda vez, también me pasó en Nueva York, me encuentro cansado. El jet lag se suma al esfuerzo de cincuenta y siete jornadas sin descanso buscando una historia todos los días.

Miro mis Panamá Jack, relativamente poco desgastadas a pesar del centenar largo de quilómetros a pie y desde la ventana contemplo la estación donde sale el tren a Girona. Me propongo un ejercicio fotográfico suave y decido moverme por la zona, centrándome en lo que me llame la atención, sin demasiadas pretensiones.

En un principio busco la geometría, pero Madrid es mucho más. Entre la estación de Atocha y el Museo del Prado vago como un zombi dejándome llevar por la inspiración y tarareando melodías que surgen de mi cerebro hasta que en el Jardín Botánico doy con una exposición fotográfica del que fuera uno de mis maestros, Elliot Erwitt.

La muestra está centrada en Cuba y a la vista de sus imágenes se me renuevan las ganas de fotografiar el género humano y sus costumbres, que es lo que me gusta de verdad. Como fotógrafo no hay duda que es muy interesante evolucionar, probar nuevos lenguajes; pero todos tenemos unas habilidades o, por lo menos, una manera de ver el mundo, que conviene exprimir al máximo. Nunca sabes lo suficiente. Pero es tarde y ya camino de regreso por el Paseo del Prado en dirección Atocha.

El tren sale en pocos minutos y en esas estoy cuando cerca de los andenes veo pasar a mi lado a un tipo disfrazado del superhéroe “Flash”, con una cintura que no se corresponde con la del personaje de las viñetas. Como llevo siempre la E-M1 a punto, ajustada en programa, tengo el tiempo justo de prender la cámara y tomar la foto. No es tremenda, pero seguro que Elliot Erwitt sonreiría si la viera.