Sídney – Ópera Prima en Australia

En Australia, para superar los trámites aduaneros, introduzco mi pasaporte en una máquina, que por cierto casi lo arruina, y enseguida estoy en el tren que me conduce a Sídney. Alrededor tipos con sombrero australiano, hombres y mujeres de aspecto atlético que parece que vengan de tomar un baño en Bronte Beach y adolescentes de juerga. Es sábado, son las diez de la noche, estreno un nuevo continente e intuyo que estoy en una ciudad bien organizada. Camino del hotel, reparo en las vistosas señales que indican a los vehículos que hay un paso de peatones, y también en un letrero en el mástil de una cámara de vigilancia que alerta: “Zona libre de alcohol” y a continuación la fecha de caducidad del aviso para dentro de tres años.

En la recepción converso con Livia, una joven que cuando ojea mi pasaporte me explica que sueña con visitar España porque estudió portugués en la escuela. Cuando la conversación gira sobre los australianos confiesa:

-“Aquí la gente es fría. Es un buen lugar para nacer, para vivir más o menos bien, para reproducirse y para morir, pero encuentro a faltar calor humano en las relaciones”.

Por descontado que esa es su opinión, pero en lo que concierne al entorno lo ratifico nada más dar una vuelta por la mañana. En Sídney debió haber una convención de arquitectos y rivalizaron para ver quien hacía el edificio más hermoso. Respira una innegable impronta británica con edificios de arquitectura victoriana del segundo imperio bien preservados que conviven como setas en un bosque de rascacielos.

Hay diseño, información, aceras adaptadas para minusvalías, colas de tiralíneas para tomar el autobús, limpieza, orden, brigadas de jóvenes contratados como agentes de tráfico que lo regulan más allá del capricho de los semáforos y muchos chinos en Chinatown y en el Paddy’s Market (lo mejor su sección de disfraces) donde me refugio de la lluvia.

Intuyo que en Sídney la gente vive de cara al mar. Su espléndida bahía es el corazón que une los distritos y los ferris su sistema venoso. En el mapa destacan dos puntos neurálgicos hacia los que me encamino con la E-M1 Mark II y mi intuición. El Darling Harbour, que por ser un puerto que se llama “Querido” merece una visita y el “Circular Quay” junto al barrio de “The Rocks”. Está claro que si quiero escuchar los latidos de la ciudad ahí encontraré la aurícula y el ventrículo.

Llego al Darling Harbour y me friego los ojos ¿He dejado Hong Kong o estoy soñando? Improviso unas rápidas estadísticas en mi bloc de notas: 85% chinos, 10% indios y 5% caucasianos y no hay duda quién arrasa por goleada. A un habitante de Beijing, Hong Kong  o Shanghái una ciudad pulcra y ordenada como Sídney le debe molar.

Confío en la estabilidad de mi Olympus para fotografiar este Patrimonio de la Humanidad desde el ferri durante la hora azul y aprovecho un navío que se interpone. La gente suele hacerlo desde el muelle, pero me parece más divertida esta perspectiva, común para la mayoría de las personas que se desplazan todos los días por la bahía.

Sin embargo he visto esta foto muchas veces, incluso más bonita con la Ópera iluminada con luces más vistosas. Me reto a conseguir una aproximación diferente y el último día me planto en la base a ver qué pasa. Y lo que pasa es una gaviota, como en Cap Town, que redondea la composición con el farol. No sé si esta imagen es mejor o peor que la más icónica, pero por lo menos intento aportar un punto de vista original.