Hong Kong – Una Despedida Divina

Hace años me propuse iniciar un trabajo sobre el budismo, pero lo abandoné cuando Steve Mc Curry anunció que estaba en ello. Me aventajaba en treinta años de experiencia por Asia y yo justo empezaba con la lista de lugares que me gustaría visitar. Pero había localizado un enclave muy sugerente, precisamente en Hong Kong: “El Templo de los 10.000 Budas”.

Madrugo para aprovechar la humedad refrescante de la mañana antes de abordar una escalera custodiada por centenares de estatuas a tamaño natural que representan tipologías budistas. No falta el barriga-contenta, el piernas largas, el abuelete bonachón, el ojos-saltones… todos dorados y con brillos difíciles de controlar cuando eventualmente les da el sol de pleno.

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Busco fondos más o menos lisos para destacar sus facciones y aprovecho la oportunidad para improvisar una sesión de retratos de la que el ganador fue un monje con una pose y una mirada un tanto perpleja que no sé interpretar a ciencia cierta.

Más tarde en el interior del templo encuentro los 9.800 budas que faltan (todos los cálculos son a ojo porque en realidad hay más de 13.000) alineados y en perfecto estado de revista. No son tan fotogénicos y están clonados, a diferencia de sus hermanos de talla natural, pero sobrecogen en las paredes de este templo budista que custodia los restos incorruptos, bañados en oro, de su creador el reverendo Yuet Kay. Así es Asia.

Puesto que estoy en China aprovecho para visitar un santuario taoísta. El templo de Man Mo está en la Hollywood Road y su atmósfera posee tal cantidad de humo que me lloran los ojos en pocos minutos. Admiro, en la medida que las lágrimas me lo permiten, a los trabajadores que pasan horas y días dentro recogiendo las cenizas de las miles de varillas de incienso carbonizadas por los feligreses. Por mi parte entro y salgo del recinto como si buceara. Aspiro aire fresco, reúno fuerzas, tomo fotos y tengo que salir por el escozor intenso que provoca tanta dosis de humo.

El templo es espeso, no solo por la atmósfera, sino por la decoración. Me planteo conseguir un par de imágenes que sugieran la sensación de estar ahí dentro y de paso me encomiendo al dios de la Literatura, Man Cheong, para que me ayude a escribir relatos aceptables.

Hoy es el último día y emprendo una excursión lejos de la gran ciudad. Antes de 2007 Tian Ta era la estatua budista más alta del mundo. Sus 34 metros permiten distinguirlo incluso desde Macao, de manera que decido despedirme de este continente rindiendo un homenaje al gigante que habita en la isla de Lantan. Llego sobre las 9 tras una hora y media de trayecto pero el acceso no se abre hasta las 10. Dispongo de una hora para pasear por el admirable templo de Po Lin y compruebo que dispone también de un hall con otros 10.000 budas. Parece que el diez es el número del día, puesto que también cuento 10 letreros que prohíben tomar fotografías en la zona de culto. Desde el exterior, mientras espero que sea la hora, oigo a unos monjes entonando sus cánticos. Echo un vistazo y a la vista de lo que tengo delante no puedo evitar robar la escena con el 45 mm desde la calle. No es mi estilo, ni siquiera es una buena foto y prometo que no lo haré nunca más, pero me apetecía inmortalizar un momento que enseguida se esfumó, cuando el perro marchó a almorzar. Imposible interrumpir la ceremonia para pedir permiso.

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Hace ocho años, cuando visité Hong Kong, no había restricciones. No deja de ser la consecuencia de esta manía de hacerse no uno, sino docenas de autorretratos, en cada rincón. Cuando subo hasta el Tian Tan Buda confirmo mi teoría. De doscientos visitantes solo tres –ni siquiera diez, como había previsto- se postran ante su figura. Los demás, tras patearse los 240 escalones, toman las fotos correspondientes y se marchan sin dedicarle una sola mirada, más allá de la pantalla de su teléfono.

Necesito un primer plano diferente y tras permanecer una hora en la cumbre solo la sonrisa de un niño que viste una camiseta a rayas como toda su familia, aporta un toque de frescura, más allá del palo, el teléfono y la cámara, que compite con la serenidad del Buda gigante.