Tokio - El incombustible Shibuya

Igual que sucede con Time Square y Nueva York, puede que este barrio sea el ombligo de Japón.  Las gyaru, las chicas jóvenes que disfrutan cuidando su imagen y vistiendo a la moda, igual que otras tribus urbanas, desfilan entre las arterias que delimitan Shibuya en busca del último accesorio extravagante o se pierden entre los fotomatones de las tiendas de “Purikura” donde le pueden añadir a su rostro falsas pestañas, un nuevo color de pupilas o de pelo, ampliar el contorno de los ojos y modelar más esbeltas sus extremidades.

Cada uno de los fotomatones aporta una estética diferente. Entro y el primer aviso que observo dice “esta es una tienda para chicas”. Tan pronto como sube y desciende de mi rostro la E-M1 Mark II una empleada me recuerda en el más genuino tono japonés, es decir, amable pero contundente, que no se pueden tomar fotos. Lástima, el escenario prometía pero los fotógrafos no somos bienvenidos en este tinglado de fotomatones.

Aparte de los comercios gigantes (algunas de las marcas del grupo Inditex ocupan edificios enteros) y de las innumerables tiendas especializados en moda juvenil, donde se ofertan desde faldas de vinilo hasta zapatos con tacones que desprenden chispazos, hay bares y discotecas para todos los gustos que alegran el día y la noche de Shibuya. La prueba es que junto a la estación del tren y del metro de JR, debajo del Q-Front Building y al lado de la estatua del perro Hachiko, se encuentra el paso de peatones más caudaloso del mundo. Nunca falta media docena de esforzados documentalistas que graban el caos que se organiza en cada ocasión que cambia de color el semáforo.

La parte menos conocida para el visitante de Shibuha son los múltiples hoteles de amor. Básicamente son establecimientos de lujo a un precio asequible para el bolsillo japonés, con tarifas por horas o para una noche completa. A veces su arquitectura está a medias entre los edificios Art Deco de Miami y los moteles baratos de Las Vegas, pero las fotografías de sus habitaciones sugieren placeres indescriptibles y, por si este no fuera el caso, no falta un televisor gigante para relajarse como en casa.

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-“Dentro de la peculiar idiosincrasia japonesa –me cuenta Ricardo, que con su dominio del japonés me guía por Tokio- los padres pueden negar una boda con un pretendiente determinado, pero si la muchacha queda embarazada entonces lo aceptarán para no pasar la vergüenza de que su hija sea una madre soltera”. De ahí la profusión de hoteles del amor.

Y así es Japón, moderno y tradicional a la vez. La gente está loca por la tecnología, por los robots y por la realidad virtual, diversiones fáciles de encontrar en Shibuya, además de los grandes almacenes que exhiben toda suerte de mercancías, robots, fotomatones y hoteles esporádicos. Lo suyo es fotografiar estas escenas durante la hora azul, pero con tantos elementos pasa volando. De regreso a la estación de metro, dispuesto a mezclarme con los peatones que cruzan el “Scrambled Cross” como la marabunta, una entrada con rótulos me llama la atención. Ofertan algún tipo de negocio diferente, pero no entiendo lo que dice.

-“¡Ah! –responde Ricardo. Es el ManBoo, un Internet Comic Café. Aquí alquilas un sillón por horas y te dedicas a mirar vídeos. Cuando cierran el metro muchas personas esperan a que lo abran por la mañana cómodamente recostados en este lugar”.

Igual que el paseo de ayer por la noche en el Golden Gai, haciendo este tipo de ensayos sobre un barrio específico percibes una parte de la energía de Tokio, una ciudad que requiere años para ser fotografiada y siglos para entenderla, pero siempre a punto, tras emerger de sus cenizas concluida la Segunda Guerra Mundial, para maravillar a quien la visite.