Palermo, la ciudad vieja

Tomar decisiones en la vida es importante y la fotografía de viajes no es una excepción. Somos lo que decidimos, tanto si asumimos riesgos como si escogemos una vida conservadora y alejada de sobresaltos. Salgo de mi hotel que por cierto parece una nave de la guerra de las galaxias, hasta el punto que incluso en el agua de la ducha tiene luces de colores, y debo optar por izquierda o derecha.

Miro el sol, reviso un mapa y me encamino donde me aconseja el instinto. También procuraré que el sol se mantenga a mi espalda para observar con eficacia. Deslumbrado me perdería una buena parte de los detalles, aunque conviene mirar a todas partes para reflexionar sobre los caprichos de la luz y sus consecuencias. La cámara en la riñonera, los objetivos en el cinturón… un caminante sin objetos valiosos a la vista llama menos la atención de los eventuales rateros que el turista con una voluminosa mochila, adornado de una cámara y un ostentoso zoom a juego, que está pidiendo a gritos que le desplumen. El fotógrafo que acoquina, aunque sea por la ostentación, pocas veces obtiene una respuesta natural entre los que le rodean.

Puede que le vean como una caricatura o, peor aún, como un turista disfrazado. De esos que usan sandalias, calcetines de lana, pantalones cortos y una camisa de colores chillones en una sociedad donde casi todo el mundo viste de la misma manera (o similar) a como lo hace el turista en su país de origen. En la medida de lo posible conviene no dar la nota si el propósito es capturar la vida con una cierta naturalidad.

Llegando al centro histórico admiro a dos jóvenes que caminan con paso seguro Corso Tukory arriba. Si me llevo la cámara al ojo y me ven, que es lo más probable, perderé su espontaneidad. Una de las características que me atraen de la E-M1 Mark II es su pantalla trasera desplegable y la posibilidad de que actúa tocándola con el dedo. Bajo la cabeza, encuadro la escena y ¡tap!… las muchachas pasan como una exhalación delante de mí. Detrás hay ventanas, farolas y tuberías, pero en el segundo fotograma quedan centradas y su expresión, la que me atraía mientras las veía acercarse, se mantiene incólume. Todo a foco.

Prosigo mi camino serpenteando por las callejuelas de la ciudad vieja y reparo en la ropa tendida en los balcones o junto a las puertas de las casas. Es un signo de identidad de muchas localidades en el sur de Italia. Desde Nápoles a Palermo la gente extiende la colada en la vía pública. Como banderolas multicolores, los pijamas, los tejanos y las camisetas sugieren la personalidad de sus dueños pared adentro. Una anárquica combinación de verdes y rosas me sirve para describir con una pincelada esa observación. Más adelante encuentro una gran sábana colgada y espero que pase una familia con dos niños pequeños que visten a juego con los colores. El fondo ocre refuerza el impacto de la ropa tendida.

Palermo me ofrece más sorpresas, innumerables, mientras prosigo mi exploración. Un grupo de actores invita a la gente a compartir danzas tradicionales en la plaza Pretoria, caballos y pollinos en el casco histórico o sillas en la calle a la espera de traseros que pasarán una buena parte de la jornada encima de ellas perfilan un retrato fuera de tópicos de la ciudad. No sé si he acertado, pero poco a poco voy entendiendo el caos que regula la vida de Palermo.