Miami - La Calle 8 o Cuba en el Recuerdo.

Los cubanos que escaparon del régimen castrista en 1959 se instalaron en un barrio que alberga a unas 50.000 personas, el español se habla con fluidez y conserva todavía negocios emprendidos desde la nada que mantienen la nostalgia por la isla que retienen en su corazón. Estoy en la calle 8, el área más pintoresca de Miami, donde a pesar de la presencia de los buses turísticos nada parece que varíe el sentido de la existencia de sus habitantes. Quizás sea una cuestión genética.

-“Mi abuela vino con las joyas que pudo amagar en los botones de su vestido y empezó desde cero una nueva vida” –cuenta Jorge Torres, propietario en tercera generación de “La casa de los trucos” en donde oferta 15.000 estilos de disfraces y 60.000 accesorios. Hablamos de la diferencia de calidad del látex de las caretas, en función de su procedencia, y cuando alguien le pregunta por la más vendida le muestra la del actual presidente de los Estados Unidos.

-“Aquí algunos votaron a Trump porque no quieren que vuelva a pasar en Cuba lo que sucedió con la revolución” –aclara.

Desde el punto de vista fotográfico varía organizar una fotografía o estar al quite. A veces, para tomar un retrato, no solo hay que darle instrucciones al modelo, que se sentirá más cómodo con ellas, si no que se le suele sugerir alguna pose, un ademán, o que mire en una dirección determinada. Pero no es el caso de esta imagen. Si le hubiera pedido a Jorge Torres que se pusiera la máscara quizás se habría negado por diversos motivos. Uno de ellos es no aceptar la complicidad con el juego del fotógrafo. Viendo a Micky Mouse y a Donald Trump juntos imaginé el potencial iconográfico de la alianza. Por eso cuando la conversación derivó sobre la máscara más demandada me preparé para captar la coyuntura si surgía. Cuando sabes lo que quieres la ocasión te pilla raras veces en fuera de juego aunque dure un instante, y por eso es fundamental que la cámara sea rápida.

Estas semanas, dando la Vuelta al Mundo, también he constatado que los mejores momentos los obtienes moviéndote sin prisas y sin intereses que cortapisen tus iniciativas. Conviene dejar que la vida fluya a ti. Por eso cuando vi el rostro ajado pero lleno de energía de Ángel Zoilo Perera en “La esquina de la Fama”, donde su propietario el polifacético Micky Chevalier se precia de servir los mejores mojitos del mundo, decido sentarme con él para compartir lo que se tercie, que en su caso es una naranjada natural.

-“Jamás bebo bebidas frías y en lugar de agua tomo granos de uva, mucha fruta y verduras”. Este hombre se lleva bien con los vegetales. No conozco a otro capaz de transformar una hoja de laurel en los labios en un instrumento musical. Interpreta “Guantanamera” y otros éxitos y sazona la conversación con alguna de las doscientas canciones de su repertorio, “todas de oído”.

En el restaurant “El Pub” donde sirven unas medias lunas excelentes y una piña colada menos convincente, abordo a otro personaje singular, Gilberto González-Tena, un hombre de 61 años y una espesa barba blanca que se presenta como “ecléctico, heterodoxo, dialéctico y relativista”, de profesión consultor de conflictos y locutor eventual del programa Cachibambé determinados miércoles. Este hombre que recita de corrido letras de tangos, poesías de autores olvidados y que es capaz de opinar bien, aunque con reservas, de algunas virtudes que tenía el Che o Stalin, llegó a los Estados Unidos siendo un adolescente. Se anima a pronosticar el futuro de Cuba, remarcando que solo es una opinión:

-“Debería hacer una transición a una economía mixta como China o Vietnam. Las banderas rojas son puro folclore, pero en la práctica estos países han avanzado manteniendo su esencia” –proclama.

La noche me sorprende rodeado de salsa en directo en el “Bail & Chaine” donde unos músicos tocan acompañados por la luz verde de la melancolía, aunque los conciertos que atraen más público tienen lugar en su trastienda. El local se llena de visitantes, pero un par de horas antes los cubanos nostálgicos de toda la vida ya han tomado sus amplios butacones para acabar el día junto a un reloj que parece parado para siempre.

Miami – Explorando el Museo de la Ciencia

Un incidente al final de un túnel de trece kilómetros es una ratonera para los vehículos que acabamos de entrar y tardo dos horas en alcanzar el aeropuerto. Los vendedores ambulantes cargados con bolsas de comida y una nevera con bebida fresca se juegan la vida en la autopista y sortean con hábiles fintas a conductores ansiosos que aceleran y cambian de carril a velocidades de vértigo. Corretean por el túnel aprovechando la inmovilidad y sus ventas se multiplican, son los únicos que están contentos con el desbarajuste.

En Estados Unidos, como en Australia, una máquina se encarga de chequear mi pasaporte, me fotografía, toma mis huellas dactilares y expende un recibo que entrego a un policía de aduanas antes del interrogatorio de rigor. El caso es que en menos de diez minutos ya estoy esperando el equipaje.

Llego a Miami y me apresto a experimentar con la E-M1 Mark II en el recién inaugurado Phillip & Patricia Frost Museo de la Ciencia. Estas instalaciones suelen tener iluminaciones interesantes y son un excelente banco de pruebas para poner al límite las prestaciones de la cámara. Allí andan mis amigos los tiburones con los que no pude coincidir personalmente en Sudáfrica y otros seres marinos bien simpáticos, como la manta raya, un pez aerodinámico emparentado con el tiburón al que los empleados invitan a acariciar como si fuera una mascota. Los dos son fósiles vivientes y se les atribuye una antigüedad de 400 millones de años.

Mi instinto reacciona cuando entro en una sala de experimentación donde se muestra cómo ven el mar los tiburones, una instalación interesante y un caramelo para un fotógrafo.

Siguiendo con el recorrido más tarde se llega a la sala dedicada a las profundidades donde me llama la atención un grupo de medusas bañadas en un caldo ultravioleta. Ningún problema fotografiando a 1/80 seg. Normalmente programo mi cámara en la opción de sensibilidad automática, aunque la limito a 1.600 ISO. Casi siempre el programa propone una relación sensibilidad-velocidad de disparo idónea, como la de estas medusas a 400 ISO.

Pero volviendo a la mirada fotográfica, no soy un fotógrafo de naturaleza. Lo que me gusta reflejar en mis imágenes son las emociones. Al principio busco las expresiones de las personas que asisten al espectáculo, pero al cabo de media hora, cuando regreso de nuevo a la sala, coincido con una pareja que permanece abrazada en la paz y en la oscuridad del acuario, un rincón atractivo para sentir el amor de otra persona y, claro, sin querer, aprieto el disparador y queda constancia para siempre de ese bello instante.

Tras dedicar unos tres cuartos de hora a experimentar con el azul de las profundidades decido aprovechar las otras salas del museo para buscar diferentes interacciones cromáticas con escasa iluminación, en busca del límite de las posibilidades del ojo. En la sala dedicada a la luna y a la movilidad doy con diferentes opciones que resuelvo con el 17 mm a f/1.8. Esta es una de las razones por las que prefiero las ópticas fijas. Los zoom, además de ser más voluminosos, poseen aperturas máximas más pequeñas.

Pero dónde realmente me pongo las botas es captando la interacción entre la música y el color en una pista donde se contabiliza el número de pisotones. El record está en 30.000 y mi reto es componer a una velocidad de locura, bajo unas condiciones que varían en fracciones de segundo.

Me viene a la mente una anécdota del gran Eugene Smith. En una ocasión impartió en una escuela de fotografía una charla y solo habló de música. Cuando se despedía de los asistentes un muchacho se levantó para preguntarle:

-“Pero Sr. Smith, ¿no piensa decir nada sobre fotografía?

El fotógrafo de LIFE le miró, titubeó un instante y contestó:

-“Sí, lo que he explicado sobre la música, aplíquelo a la fotografía”.

Rio de Janeiro - A Mal Tiempo, Buenas Fotos

Me gusta ver la salida del sol sobre la playa y por esta razón siempre que regreso a Rio procuro acogerme a alguna oferta del Arena Copacabana. Despertarme y contemplar el Paseo Atlántico a mis pies es como percibir el ritmo de la ciudad desde una conexión neuronal remota. Amanece despejado pero enseguida se encapota, el mar está embravecido y solo una pequeña tregua en el cielo durante la última tarde de mi estancia permite que se acerquen a la orilla unos pocos bañistas con la osadía necesaria para desafiar a las olas sin alejarse de la orilla, al revés que los windsurfistas que están encantados de la vida.

Entonces me pregunto ¿Es preciso fotografiar la playa siempre con un tiempo espléndido? Como decía Garry Winogrand, no hay temas menores, sino fotógrafos menores. Uno tiene su propio orgullo (todo sea dicho, no muy abultado) y juego a tomarle la palabra para ver qué soy capaz de preparar entre visitas a comunidades religiosas, ascensiones al Corcovado y al Pan de Azúcar, chiringos musicales y otras vainas. Me animo con la primera foto que he tomado a los pocos minutos de pisar la playa de Ipanema en un día nublado, mientras escucho de mi amiga Giönia Belmonte la máxima que me suelen decir cada vez que hace un tiempo de perros y llego a un lugar para tomar fotos:

-“La semana pasada lucía un sol espléndido”. En efecto, el pronóstico indica que la perturbación coincide con mi estancia, pero si bien antes me agobiaban estas noticias, ahora espero acontecimientos a ver qué pasa y, sobretodo, barrunto qué es lo que puedo hacer.

Fotografío la salida del sol desde mi ventana con algunas neblinas matinales y enseguida bajo a la playa. Ciclistas, corredores y deportistas madrugadores invaden la arena, pero cuando realmente disfruto es recorriendo el paseo marítimo, el gran cinturón que hermana Ipanema y Copacabana con las otras playas. La actividad no cesa en cada metro cuadrado aunque varía con la hora del día. En verano debe ser impresionante.

El atardecer me permite practicar el contraluz y aprovecho los rayos de un sol tímido que se filtra entre los edificios para captar las siluetas de los bañistas con el 45 mm, me divierto fotografiando las garotas de arena y otras estatuas convencionales que los imaginativos cariocas preparan para cobrar alguna propina de los paseantes, asisto a competiciones deportivas, observo a la gente con sus perros y recuerdo los locales de Tokio con sus adeptos a las mascotas.

Más tarde la noche se adueña del Paseo Atlántico y un cielo azul profundo y una oportuna bajada de la temperatura favorece la aparición de dos tipos diferentes de fauna, los deportistas y los que se sientan a tomar una caipiriña. La “Happy Hour” puede ser larga en Rio de Janeiro.

Por la noche gracias a las prestaciones de la Olympus OM-1 descubro un mundo de parejas que susurran palabras de amor en la oscuridad, aunque prefiero no fotografiarlas, de deportistas que practican el frescobol y entablo conversación con los vendedores que exhiben su mercancía a los cariocas que antes de la cena deciden caminar, pasear en bicicleta o encontrarse con los amigos en estas playas tan mediáticas. Mi conclusión es que Gary Winogrand tenía razón. Hay mucho que fotografiar a pesar del mal tiempo, pero mañana temprano vuelo a los Estados Unidos y no dispongo de horas.

Voy a dormir entrada la madrugada y al amanecer, antes de cerrar el equipaje, abro la ventana y un día radiante me recibe. Ya se sabe, la ley de Murphy, pero creo que incluso con mal tiempo mi estancia en Rio de Janeiro ha sido productiva. Es lo que tiene visitar lugares míticos.